Artículo: Papeles Salmantinos de Educación. 2002, n.º 1. Páginas 13-15. Nota del Profesor Sans Vila Es una gran desgracia para la humanidad el hecho de que hoy día existan muchos viejos, pero que haya muy pocos que sean como éste que acabamos de describir. Roland Knox, en su edad avanzada, se quejaba de esta tragedia de nuestro tiempo y escribía con amargura: Esperamos de ellos serenidad y paz, y en cambio vemos con asombro que son nerviosos y pedantes, un lastre constante para los parientes que les cuidan con paciencia. En vez de resignarse, en vez de distanciarse paulatinamente, quieren conservar su dominio a toda costa y tener un público incondicional que oiga las historias y anécdotas de su juventud. En vez de juzgar con indulgencia las personas y las cosas —cosa que se podría esperar de la experiencia de su larga vida—, están repletos de inveterados prejuicios y critican todo lo que no pueden soportar. Son extremadamente sensibles y angustiosamente preocupados por conservar sus privilegios. Uno pensaría más bien que todas estas fruslerías ya no deberían importarles. Ponderan en exceso las cosas que han realizado en el pasado, cuando la proximidad del juicio debería humillarles. Disfrutan ávidamente de las pocas cosas alegres que les quedan, cuando propiamente deberían prescindir de los placeres de la tierra. Si alguna vez nos encontramos con un anciano auténtico que con su llana benignidad ilumina nuestra vida de esperanza, debemos agradecerle su don. Estos pocos ancianos que quedan todavía deben ser honrados especialmente como testigos de la esperanza”.

 
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